Muchas veces no encontramos una salida a ciertos problemas que afectan nuestra vida negativamente: enfermedades; destinos difíciles o trágicos; accidentes y problemas recurrentes; inestabilidad emocional; violencia; fracasos o frustraciones constantes; conductas destructivas y autodestructivas; conflictividad en la pareja, con los hijos, en los vínculos con los demás…
Por medio de las Constelaciones Familiares podemos encontrar la relación entre estos problemas y ciertos mandatos, mitos y “lealtades invisibles” de nuestro sistema familiar, que pueden originarse muchas generaciones atrás.
Podemos rastrear, por ejemplo, la repetición de una antigua dinámica o patrón familiar hasta el presente. O descubrir que estamos identificados con un miembro excluido de nuestra familia. O constatar que una enfermedad está allí para expiar una culpa, saldar una injusticia o poner en evidencia algo que nadie en el sistema quiere ver.
Pero, lo más importante, podemos trascender estos enredos sistémicos, dejar atrás aquello que se transforma en un obstáculo para que fluya la vida, saneando y equilibrando nuestros vínculos, reestableciendo el orden y la integración, encontrando un camino propio de plenitud, reconciliación y paz interior.

Cuando somos capaces de contemplar la belleza del alma surge el Ser que somos, la mirada se abre, el corazón se expande, podemos tomar el amor de nuestros padres y de nuestros ancestros, y así recuperamos la posibilidad de vivir en esa conciencia de plenitud.

El orden alcanzado en el plano del alma nos da la posibilidad de que en el viaje de la vida el amor fluya con toda su fuerza. La plenitud se alcanza cuando todos aquellos que son parte del propio sistema tienen un lugar en el corazón.

Lo contemplamos en las imágenes que nos regala cada constelación, que nos recuerda la sabiduría del alma que reposa y espera a ser “revelada” en nuestro interior. De esta manera, nos permiten ampliar nuestra mirada y nos invita a recordar la Verdad que somos en nuestro Ser: Amor.